La santa ambigua y el Negocio del Gran Poder: breves reflexiones sobre el ‘Lux Tour’ de Rosalía

“Eran lágrimas calculadas”, me comentan, quizá con algo de malicia, en referencia al momento en que Rosalía se detuvo en el Movistar Arena de Madrid, antes de entonar Mio Cristo Piange Diamanti, y dejó que los ojos se le humedecieran ante más de quince mil personas. Yo creo que, en espectáculos como el del pasado lunes, lo auténtico y lo teatral se entremezclan, y entonces el espectáculo nunca puede fracasar: cualquier torpeza se convierte en espontaneidad, y cualquier incomodidad en vulnerabilidad calculada.

Al fin y al cabo, el Lux Tour, que aterrizó en Madrid en plena Semana Santa y con el cartel de ‘Entradas agotadas’ garantizado en las 57 fechas de su recorrido mundial, es una máquina de producir ambigüedades.

Vaciando el éxtasis

Rosalía propone un espectáculo estéticamente articulado en torno a dos formas históricas del arrebato colectivo: la misa y la rave.

El foso de la orquesta tiene forma de cruz latina; sobre él oscila un botafumeiro de luz y humo. La cantante emerge de una caja como figura sagrada liberada por sus acólitos-bailarines. Hay velos, reliquias, hasta un confesionario en escena. Pero en el segundo acto, esa misma iconografía devocional se disuelve en el techno industrial de Berghain, el perreo de Saoko y la María Antonieta haciendo twerk con un culotte rosa fucsia.

La artista parece sostener así que estas dos tradiciones del éxtasis —la religiosa y la de club— son equivalentes, intercambiables, facetas del mismo impulso humano hacia la disolución del yo. Es una tesis legítima, ojo: pensadores como Émile Durkheim ya describieron la fiesta colectiva como sucedáneo profano del ritual sagrado. Podría decirse que, vistos desde fuera, la rave y la misa comparten rasgos circunstanciales, como la comunión física entre extraños en virtud de la suspensión temporal del individuo ante algo mayor a él.

Así que Rosalía sólo tenía que recoger esta analogía y escenificarla. Pero hay una diferencia crucial entre ambas que la catalana opta por ignorar: incluso después del Concilio Vaticano II, la misa católica sigue siendo un sistema simbólico denso, con siglos de teología y tradición sedimentados en su liturgia.

De modo que cuando la artista pasa a convertir el confesionario en decorado de un numerito cómico —invitando a la youtuber Esty Quesada (más conocida como ‘Soy Una Pringada’) a narrar sus decepciones afectivo-sexuales ante un pabellón entregado a la risa— no queda claro si pretende profanar lo sagrado o tan sólo vaciarlo de todo peso y significado.

O quizá es tan sencillo como asumir que ella nunca vio toda esa simbología y ritual como algo más que un mero trampantojo.

Goya en el Movistar Arena

La segunda reflexión gira en torno a su relación con la historia del arte. El Lux Tour es un milhojas de referencias: Degas en las bailarinas del primer acto, Leonardo en la escena de la Mona Lisa durante Can’t Take My Eyes Off You, la Venus de Milo en La perla, las pinturas negras de Goya en la oscuridad de Berghain —con Rosalía de negro, con cuernos de plumas, rodeada de bailarines en círculo mientras la música escala hacia el techno—. Los subtítulos en castellano proyectados sobre el escenario aspiran explícitamente a la condición del libreto operístico. Su espectáculo quiere ser percibido como parte de esa alta cultura.

El problema es lo que ocurre con esas referencias una vez que entran en el pabellón. Goya en el Prado puede provocar incomodidad o angustia, pero eso es algo que pierde el Goya del Movistar Arena, traducido a coreografía techno ante quince mil personas que graban con el móvil. La referencia funciona como señal de sofisticación —al menos, para el público iniciado— pero pierde exactamente aquello que hacía a Goya culturalmente relevante.

Lo mismo ocurre con Degas. Las bailarinas del pintor francés no son solo una imagen bella; son también un testimonio, por ejemplo, sobre la distancia entre el ideal y el dolor físico. Rosalía aparece como bailarina de Degas —con tutú, puntas y pliés— y en el proceso convierte el arte culto en mera legitimación estética de un producto: el Louvre como marca, algo así como estampar el logo de Versace en una camiseta.

Marca global Y NO MÁS

Así mismo me pregunto… ¿dónde termina la artista española y empieza la marca global? El Lux Tour lleva subtítulos en francés en París y en italiano en Milán, porque aspira —con razón— a ser comprendido en todas partes. Pero esa universalidad tiene un precio: las referencias culturales seleccionadas son las que «funcionan» globalmente. Goya, sí; Degas, sí; la Venus de Milo, sí. Pero el flamenco aparece apenas en un solo de cajón y en El redentor, como guiño nostálgico más que como estructura. La España que Rosalía lleva al mundo es la España que el mundo ya estaba dispuesto a reconocer.

Enlace recomendado

«José Mercé: «Lo que hace Rosalía no es flamenco, canta muy bonito pero es todo muy estudiado y mecanizado»» en El Español

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