Cuando, hace un par de meses, la editorial Seix Barral anunció que Eduardo Mendoza publicaría el 8 de abril una nueva novela de su detective sin nombre, titulada La intriga del funeral inconveniente, los lectores habituales del barcelonés celebraron el retorno de su personaje más querido, ese que lleva ya casi medio siglo recorriendo los barrios de Barcelona con su peculiar mezcla de torpeza y lucidez, desde que en 1979 se publicase ‘El misterio de la cripta embrujada’ —obra cuyo manuscrito, por cierto, remitió Mendoza junto a una nota que rezaba “leed esto y, si os merece interés, publicadlo; si no, tiradlo a la papelera más próxima”—.
Pero esta vez había algo más allá del regreso esperado: según la descripción de la novela que publica la Agencia Carmen Balcells, el libro arranca con “una noticia luctuosa”: el tanatorio de Sants —más concretamente, el aparcamiento del mismo— acoge el funeral del protagonista de la saga.
El detective, después de casi cincuenta años de aventuras disparatadas a fuer de entrañables, ha muerto.
La hora de retirarse
A principios de diciembre pasado, un Eduardo Mendoza todavía bajo los efectos de la resaca mediática de la entrega de su Premio Princesa de Asturias se sinceraba en una entrevista al periódico mexicano Excélsior, relatando que le gustaría cerrar su saga del detective sin nombre con una sexta entrega, dejando en el aire si finalmente llegaríamos a verlo o no. «Pero no lo sé, porque va siendo hora de retirarse», decía. Ahora sabemos que, por fortuna, estaba jugando al despiste con sus lectores, y que esa sexta entrega, en realidad, se encontraba ya en la imprenta.
Él, sin embargo, proseguía poniendo sobre la mesa razones para que no nos hiciéramos muchas ilusiones en lo que a nuevos libros se refiere: «Con la edad se pierde frescura. Cada vez me cuesta más trabajo, aunque tengo las mismas ganas que a los 20 años. Pero ya no puedo escribir igual a mano». Y eso no es poca cosa cuando su método de trabajo, según explicó él mismo en la Feria del Libro de Badajoz de 2015, consistía en estar «sentado delante del papel, escribo la primera versión a mano, con la pluma que robé a mi padre».
Tendremos oportunidad de leer este sexto libro, sí, y no podemos tomarnos a la ligera lo que el autor ha hecho en él, pues ha admitido varias veces, a lo largo de décadas de entrevistas, que el Detective es su alter ego, la herramienta que ha estado usando todo este tiempo para mostrarnos su visión de los cambios que ha ido sufriendo Barcelona y la sociedad española. Y matar a tu otro yo literario no es algo que un escritor perpetre sin razón.
Eduardo a través del papel
Y es que el Detective no parece ser una convencional proyección literaria, sino algo más cercano a esas cámaras que los documentalistas camuflan dentro de animales falsos para poder acercarse más al objeto de sus grabaciones —la fauna de los bajos fondos, en este caso— sin causar estampidas ni ataques.
«Todo escritor es, por definición, un individuo marginal», sentenciaba Mendoza en su ensayo sobre Pío Baroja (2001), y así, marginal debía ser su alter ego. Pero también va un paso más allá, y hunde a su personaje en lo más abyecto de la marginalidad: nacido en una barraca de uralita, condenado a la más total incultura y a vivir sin DNI ni familia funcional.
Y, sin embargo, este incultísimo detective boicotea su camuflaje cada vez que habla —de forma impune, gracias a esa suspensión de la incredulidad que tanto le permite como le confiere su humor mortadeliano—: finos arcaísmos y circunloquios aderezan un ampuloso estilo notarial propio de alguien leído en expedientes judiciales. ¿Hemos comentado ya que Mendoza se licenció en Derecho?
En tanto que escritor, Eduardo nació exiliado: cuando publicó su primera novela, La verdad sobre el caso Savolta, en 1975, llevaba dos años trabajando como intérprete en la sede de las Naciones Unidas en Nueva York. Dos años después, cuando aún seguía en dicho puesto, tuvo ocasión de visitar brevemente su Barcelona natal, ahora tan cambiada e inmersa ya en los zarandeos y entusiasmos de la Transición.
Tras ese viaje, se puso a escribir El misterio de la cripta embrujada. Y, como forma de lograr que el lector pudiera mirar por la mirilla de su particular punto de vista, hizo que su detective marginal hubiera pasado varios años recluido en un manicomio, tan ajeno como él mismo a los cambios que acaecían en Barcelona como cualquier neoyorquino medio, e igualmente desubicado cuando logra atisbarlos fugazmente.
En lo sucesivo, el Detective siguió moviéndose por la vida al mismo ritmo al que lo hacía su autor. Tras el segundo libro de la saga (El laberinto de las aceitunas, publicado en 1982), Mendoza volvía a Barcelona: en la siguiente entrega (‘La aventura del tocador de señoras’, publicada ya en 2001) el protagonista recordaría cómo, unos años antes, lo habían dado de alta del manicomio… porque éste ocupaba el espacio de un nuevo proyecto urbanístico. Eran los prolegómenos de la Barcelona olímpica.
Para la cuarta entrega (El enredo de la bolsa y la vida, 2012), el Detective ha perdido la peluquería que regentaba y trabaja como friegaplatos en el restaurante que se estableció en ese mismo local. Es la España poscrisis, la misma en la que Mendoza acababa de entrar, pocos años antes, en el club de ‘los mayores de 65’. A su reflejo, el Detective, le hace decir en esa misma novela que «no era cosa de que se me cayera [la pistola] en el autobús al sacar la tarjeta de anciano venerable».
El quinto libro (El secreto de la modelo extraviada, 2015), centrado en volver la vista atrás, hacia el pasado en el manicomio, ofrece pocas novedades biográficas más allá de empezar afirmando que «en términos generales, estaba bien. De salud, de memoria y pare usted de contar».
Nueve años después, en la nueva y final entrega La intriga del funeral inconveniente, el Detective ha perdido ya también la salud.
Coda
Mendoza, que a la sazón suma ya 83 años, afirma no querer ya ningún premio más: «Quiero que me dejen tranquilo. Ni me interesa mi carrera literaria». Y deja caer, un poco de la nada, y otro poco porque ya debe saber cómo es la gente, “veo en la prensa los obituarios”.
Es cierto que lleva el último lustro anunciando que su carrera literaria está llegando a su fin —“fui sincero cuando lo dije”, aclaró en 2024—, pero es la decisión tomada con respecto a su detective la que me hace pensar que esta vez es la finalmente buena. Es decir, inevitablemente mala: sí, veo aquí la culminación del paralelismo que mencioné antes y que, recordemos, no se establecía entre el Detective y Mendoza-persona, sino entre el primero y Mendoza-autor. La grabación del documental ha terminado.
***
“No se me pasa por alto —peroré, pues— que ha sonado la hora fatídica de mirar hacia atrás con la serena lucidez del que sabe que va a caer el telón y que, a poco que remolonee, no tendrá que hacer balance…”
(El Detective en ‘El laberinto de las aceitunas’, cuando pensaba que se le acababa el tiempo. Luego resultó que no).
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