Cafés en Londres, mentideros en Madrid: de Habermas a Felipe II

El filósofo alemán Jürgen Habermas —recientemente fallecido— sostenía que durante el siglo XVIII emergió una «esfera pública burguesa«, diferenciada tanto de la vida privada como de la autoridad estatal, e identificó tres instituciones que encarnaban esa idea: los cafés ingleses, los salones franceses y las sociedades de sobremesa alemanas. Así, el café londinense (durante su época dorada, entre 1680 y 1730) era, desde su punto de vista, el lugar donde los ciudadanos aprendían a debatir en público y a formarse una opinión colectiva: el laboratorio, en suma, de la democracia moderna.

Para entender por qué esto fue posible hay que entender primero qué era un café londinense en aquel entonces. En primer lugar, era un modelo radicalmente nuevo, no un sinónimo de ‘taberna’ ni de ‘club privado’: por un penique se compraba la entrada y una taza de café. Un precio simbólico que lo hacía accesible a todas las clases sociales. No había otro espacio urbano que permitiese esa mezcla. De hecho, más que ‘permitir’, incentivaba: solían contar con largas mesas comunales donde resultaba casi imposible sostener una conversación privada.

Por eso los contemporáneos los llamaron «universidades de a penique»: un penique otorgaba acceso a las discusiones intelectuales del día… y también a los periódicos. Además, la ausencia de alcohol creaba una atmósfera más lúcida —no es casual que en el siglo XVIII se llamara al café «la bebida de la razón»— que permitía conversaciones más serias que en una taberna, ya fuera que estuvieran hablando de cotilleos, de política o de novedades científicas.

En 1675, Carlos II intentó prohibir los cafés por decreto, y la reacción popular fue tan intensa que tuvo que dar marcha atrás. Finalmente, fueron ‘las nuevas tendencias’ las que terminaron borrando del mapa aquellos cafés, gradualmente, a lo largo del siglo XVIII: sustituidos por los clubs privados y por la irrupción del té como bebida nacional.

«¿Qué noticias traéis?» era el saludo ritual de los cafés

Los cafés de Londres estaban dotados, además, de una geografía temática: los agentes de bolsa frecuentaban Jonathan’s y Garraway’s, cerca del Royal Exchange. Jerusalem era el café de los comerciantes de la Compañía de las Indias Orientales, mientras que Lloyd’s era el de los marineros. Y en el café Will’s de Bow Street, el poeta John Dryden presidía la vida literaria de la capital, intercambiando versos satíricos con otros escritores.

Fue en ese ecosistema donde nació la prensa periódica moderna. The Tatler, la publicación dirigida por Richard Steele que precedió a The Spectator, dividía su sección de noticias según el establecimiento donde circulaba cada tipo de información: los asuntos de poesía venían, por supuesto, del mencionado café Will’s; los asuntos de costumbres venían de White’s; las curiosidades anticuarias, del Grecian Coffee House; y las noticias de actualidad, del St. James’s. Era una estructura editorial que reflejaba cómo funcionaba realmente la circulación de la información en Londres.

Cuando, poco después, se lanzó el periódico The Spectator, sucesor del Tatler, una de las primeras medidas de su director Joseph Addison fue emplazar también su ‘buzón de los lectores’ en un café (el Button’s): una cabeza de león de mármol con una boca abierta donde se animaba a introducir cartas con denuncias y cotilleos.

Ya estaba todo inventado (por desgracia, en este caso)

En realidad, la división geográfica de las fuentes de información no era algo que hubiese inventado la Pérfida Albión. Ya se había visto antes en España, si bien allí, más que ser el desencadenante del surgimiento del periodismo fue su protosucedáneo, como única alternativa a la estricta regulación de la difusión de ideas escritas.

Y es que, ante la censura impuesta por Felipe II (que llegó a decretar pena de muerte por publicar sin permiso oficial), durante su reinado la información en formato papel prácticamente desapareció, pero surgieron en su lugar tres rincones físicos de la ciudad donde la gente se reunía a intercambiar noticias, cada uno especializado en un tipo de información:

  • Plazuela del León: ahí se encontraba el Mentidero de los Representantes (que siglos después se desplazaría a la Plaza de Santa Ana), donde se hablaba de espectáculos y farándula.
  • Alrededores de la Puerta del Sol: sede del Mentidero de las Gradas de San Felipe, donde noticias de otras ciudades y regiones eran traídas por los viajeros de diligencias.
  • Frente al Real Alcázar de los Austrias: Y, finalmente, el Mentidero de las Losas de Palacio, donde se abordaban asuntos políticos, administrativos y militares.

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Imagen | Imagen original anónima, editada mediante IA

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